Cuando abrieron uno de los primeros restaurantes de comida rápida en la ciudad de méxico, yo tenía diecisiete años. McDonalds era el el sueño americano traído a la tierra del nopal y para muchos adolescentes como yo, tener la experiencia completa requería hacer uso del servicio al auto. Sin más detalles, me formé en la larga línea de automóviles esperando ser atendidos y cuando llegó mi turno, me encontré con una chica joven hipersonriente, que con la actitud más radiante tomó mi pedido de Big Mac, papas y refresco. Su tono de voz era unos decibeles arriba del modo de la cortesía para rallar en la alegría más radiante y superficial. Mientras me despachaba a la siguiente ventanilla, avance lentamente y logré asomarme de reojo al interior de su zona despachadora, para alcanzar a ver un letrero, con intenciones de manual, en el que se indicaba lo que el vendedor debía decir y hacer paso por paso en esa pequeña transacción. No alcancé a leer si decía algo así como: sonrisa multiorgásmica en todo momento, pero me alejé aguantando las ganas de preguntarle: ¿si sabes que diario mueren niños de hambre en Etiopía verdad?.
Claro que yo no sería la aguafiestas de su grandioso día, seguro estaba re-emocionada de trabajar allí, al igual que muchísimos jóvenes que corrieron a llenar solicitudes para emplearse en esta cadena tan de primermundo.
Y es que no puedo evitar sospechar de la gente demasiado positiva, tiendo a desconfiar de esa melcocha de buena voluntad. Busco en la ventanilla de su cabeza, la zona en la que tienen ese papel que les indica que hay que sonreír, y resulta que efectivamente: !ese manual existe y a montones!
Nos invade el pensamiento positivo que va permeando hacia todos los rincones. No soy experta en el asunto pero sospecho de semejante pretensión. Ojalá con nuestro pensamiento pudiéramos modificar nuestra suerte, y si ganar la lotería es demasiado ególatra, pensemos en erradicar la pobreza, el hambre y las desgracias. No me considero amargada ni pesimista, no me malinterpreten. Tampoco quiero tirar de un manotazo ese plato que todos llevan en la mano, se que muchos llevan años intentando llenar su cuenco de una sopa clara y humeante que alimenta el alma. No seré yo quien escupa en ese platillo elaborado afanosamente con recetas de autoayuda y talleres de sanación. Ni seré yo quien diga a los demás cómo tienen que vivir, pero me parece sano sembrar la sospecha. Pienso en esas malteadas que se han puesto tan de moda, vasos rebosantes de espesa leche azucarada, coronados con cereales, galletitas, chocolates de colores, unicornios de malvavisco y granizadas con diamantina comestible. Yo nada más digo que al lado de semejante tentempié, podría haber un letrerito con letra minúscula que diga: Tanto dulce puede llevarnos a un coma diabético.
Sé de personas que no quieren saber nada de las noticias, que han tomado la decisión de sólo leer cosas positivas que las nutran emocionalmente, que siguen el método de Marie Kondo, en el que te deshaces de todo aquello que no te haga feliz, para despedirte de cada prenda dándole las gracias y que evitan a toda costa las relaciones tóxicas. Como dice la canción: Love is in the air, las plataformas virtuales están llenas de textos sobre mindfulness y de talleres de sanación. Me acaban de invitar a uno que se llama: Sanando con tu linaje femenino. Y el volante virtual, sugiere que: “cada mujer que se sana a sí misma, sana a todas las mujeres que vinieron antes que ella…y todas las mujeres que vendrán después de que ella se haya ido”, no puedo ni imaginarme qué se puede hacer en un taller de dos horas para sanar milenios de heridas.
Te faltó pasarnos el dato del taller HAHAAHAHA no te creas, ¡excelente ensayo!
Me gustaMe gusta