Silvana sube su mano y un poco de merengue, una pizca de majestuosidad rosada, cae embarrada en medio de sus amplios senos. Lamo mis labios con deseo. Se ríe con un ruido semejante al chillido de una puerta desaceitada, y al hacerlo escupe migajas de pan en su plato rebosante de pastelillos. Quién fuera tales… Sigue leyendo Trescientos kilos de belleza